Te vi con ella en una fotografía,
al regresar de un largo viaje.
Al mirar cómo tocabas su mano,
me maldije… y te maldije.
Me di la media vuelta
y arrojé a la basura tus recuerdos,
igual que la cadenita que un día me regalaste.
¿Quién diría que era una cadena
que sujetaría mi alma?
De tus labios no salen verdades,
no sabes decirlas.
Todo en ti son mentiras,
tantos años adorándote,
para que salieras con tus imperfecciones,
con tus defectos,
que ni los años pudieron eliminar,
que marcaron tus sienes,
tu frente con arrugas,
signo de tus ligerezas y de pobreza.
Ahora te odio tanto como te amé.
No quiero saber de ti.
Te desprecio,
como siempre debí hacerlo al conocerte.
De ti no queda ni sabor, ni olor…
solo tus mentiras.
Le tocas la mano sin pudor, con altanería,
preludio de la vejez que sacudirá tus huesos.
Y al irte para siempre,
piensa en el daño que hiciste.
Por mi parte, mis palabras fueron sinceras,
pero ahora créeme:
te odio,
y te maldigo.
Aunque la maldición la llevas dentro,
porque sé que no la amas.
El desamor y la desesperanza
se refleja en tu mirada apagada.
Vendrán tiempos difíciles,
en que te odiarás a ti mismo.
Lo tienes bien merecido.
No me busques.
Si me encuentras por accidente,
no voltees a verme.
Quiero que lo sepas:
te estaré maldiciendo,
para toda la vida,
desde lo más profundo de mi alma,
hasta el día de mi muerte.
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