Navidad…
noche de tierna espera,
en la que la humanidad celebra el nacimiento de Jesucristo,
el Hijo de Dios.
Fecha de ensoñación,
de buenos propósitos,
de almas que claman libertad de sus opresores.
Tiempo para recordar
que incluso Él,
con amor infinito,
fue aniquilado por su propio pueblo,
con una soberbia y crueldad
que el mundo jamás ha olvidado.
Tiempo de entender
que las guerras son estériles.
Que luchen solos aquellos que desean pelear,
que abandonen sus escritorios
desde donde ordenan muerte…
porque ninguna extensión de tierra
vale más que una vida humana.
Es momento de inclinar la cabeza,
de soltar el odio y el rencor,
y recordar que en este día nació un niño
que vino a enseñarnos a amar.
¿Y cuál fue su pecado?
Desafiar a los poderosos,
predicando amor hacia los demás…
un sentimiento
que los tiranos jamás comprenderán.
Navidad es un tiempo hermoso,
que nos recuerda
que los pueblos deben vivir en armonía,
sin fronteras,
sin importar el color de la piel
ni las diferencias entre nosotros.
Es tiempo de hacer el bien,
de desear el bien,
de detener las guerras y las matanzas
que entristecen a Dios
y hieren el corazón de su Hijo.
Es tiempo de salir,
de abrazar al vecino,
a la familia,
de compartir con los pobres,
de ayudar a los desvalidos.
Es tiempo de celebrar
que Dios vino a la tierra.
Navidad…
hermoso tiempo
para volver al amor.
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