Mientras en el lúgubre lugar
se escucha el crepitar de huesos,
a lo lejos lloran los dolientes,
sin percibir que en lo alto
un alma radiante se eleva,
regresando al amado hogar.
En amargo duelo,
el cortejo se aleja…
y todo es llanto.
Pero en lo más lejano del universo,
en esa dimensión
a la que llamamos cielo,
todo es alegría.
Allí reciben al que regresa,
al que un día partió,
con besos, con júbilo,
con amor eterno.
Le dicen: “bienvenido”,
y aunque celebran su llegada,
también susurran,
con ternura infinita,
un “pronto volverás”.
Mientras tanto, en la tierra,
esa alma se extraña…
porque ignoramos
que el reencuentro
no tarda en llegar.
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