En un cortejo inusitado
entre ángeles y humanos,
se asoma la verdad.
Débiles murmullos en sueños
la revelan.
De los humanos es la tierra
y el andar…
como de las almas
el volar,
surcando cielos.
Por eso, en su inocencia,
cuando un alma se desprende del cuerpo,
los humanos —sin saberlo— dicen la verdad.
Entre lágrimas murmuran:
“Vuela alto…
que el Creador, junto a sus ángeles,
te espera en el paraíso”.
En la tierra celebramos los nacimientos,
y lloramos la muerte.
Pero en el cielo…
todo es celebración.
Porque siempre hay fiesta
cuando un alma amada regresa
al lugar de donde un día partió.
Así, el inicio y el final
se entrelazan,
sin que sepamos con certeza
dónde comienza uno
y termina el otro.
¿Acaso al nacer iniciamos…
y al morir terminamos?
¿O simplemente regresamos,
para volver a empezar?
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