Aguirre, hermoso caballero,
a ti confié mis esperanzas…
y hoy, que habitas en el cielo,
te has vuelto mi credo.
Te necesitábamos en la tierra,
noble caballero.
Eras un gigante…
porque muchos no comprenden
que la verdadera medida
no es de la tierra al cielo,
sino del cielo a la tierra.
Allá arriba habita el Creador,
y es desde su altura
donde se conoce la grandeza verdadera.
Gracias a Dios por haberte conocido,
doctor Aguirre,
como te llaman quienes te amamos…
y créeme, somos miles.
Te fuiste,
y nos dejaste en manos
de quienes no tienen tu nobleza.
Mis lágrimas han sido tantas,
que si se unieran
a las de todos los que te aman,
el Pacífico sería pequeño.
Te amo.
Y te agradezco.
Por ti, cada noche rezo,
pidiéndole a Dios
que cuide a los que dejaste en la tierra,
a quienes tanto amas.
Quisiera que mi voz alcanzara el cielo
y gritarte:
¡Te amamos, mi querido doctor Aguirre!
Los malos caerán…
eso lo prometo.
Y tú, desde lo alto,
desde donde ahora eres luz,
lo verás.
Y entonces te diré,
con el alma en paz:
cumplí…
mi amado,
mi siempre recordado
doctor Aguirre.
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