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viernes, 27 de marzo de 2026

Y si muriera mañana?

 Y si muriera mañana…

¿qué harías?


¿En silencio,

en la penumbra de tu habitación,

dirías que me amas?


¿O gritarías, entre lágrimas,

intentando en vano

que el viento lleve tu lamento

hasta el cielo?


Si muriera mañana…

¿qué extrañarías de mí?


¿Mi sonrisa…

o las incontables risas

que compartimos?


¿Lamentarías el tiempo perdido

en discusiones

que nos alejaron

en largos silencios?


¿Recordarías nuestras bromas,

los momentos

que nos hicieron estallar

en carcajadas?


¿Desearías que siguiera viva

para decirme, una y otra vez,

que me amas…

y compartir conmigo tu día a día?


¿Le reprocharías al universo

mi partida?

¿Pedirías, inútilmente,

que el tiempo regresara

para reparar errores?


¿Qué harías…

si muriera mañana?


¿Llorarías?

¿Te perderías en el vino?

¿Me soñarías?

¿Hablarías con mi ausencia?


¿Mirarías las estrellas,

buscando mi reflejo en alguna de ellas,

esperando una señal?


¿Caminarías en la noche,

entre calles vacías,

con mi recuerdo en silencio…

o simplemente me olvidarías?


¿Comprarías rosas,

las que tanto me gustaban,

y las dejarías frente a mi fotografía,

con una vela encendida?


¿Volverías a leer nuestros mensajes,

con una botella entre las manos,

mientras las lágrimas

te nublan la mirada?


Dime… amor,

si muriera mañana,

sin tiempo para despedidas…


¿qué harías?


Dos nenas

 Un día soleado,

una noble perrita llegó a una estación de gasolina.


Había mucha gente…

y ella, como le enseñó su madre, sabía que donde hay gente, hay comida.


Ese mismo día inauguraban el lugar,

y entre los empleados decidieron llamarla “la mascota”.


Era una cachorrita pequeña, peludita, hermosa,

con esa belleza única que dan los años mozos.


La adoptaron…

o al menos eso parecía.


Cada día le daban sobras:

un pedazo de taco,

una caricia rápida,

un gesto que para ella lo era todo.


Una señora, cuando podía, le regalaba un taco…

a veces de frijoles, porque la carne es cara.


El vigilante nocturno la tenía de compañía.

Le pusieron un nombre cualquiera.


Pero nadie pensó en darle un hogar.


Pasaron los años.

La perrita creció.


Nunca fue al veterinario.

Nadie se preguntó si tenía frío, calor o dolor.


Aun así, todos decían que la querían.


Ella corría, jugaba,

y a cambio de su alegría

recibía sobras…

y cariño a medias.


Y ella lo agradecía.


Porque para ella…

ellos eran todo.


Pero el tiempo pasó,

y su cuerpo cambió.


Su caminar se volvió lento.

Su olor, desagradable.


Una enfermedad llegó,

y con ella…

el olvido.


Cesaron las caricias.

Cesó la comida.


Y tuvo que irse.


La vi un día,

caminando con dificultad,

bebiendo agua de los charcos,

comiendo zacate.


Esperaba…


No sé a quién.

Pero nadie llegó.


Me acerqué.

No supe si olía mal,

porque la miré con amor.


Una caricia bastó.


Sus ojos brillaron.

Como si sonriera.


Le pregunté:

—¿Tienes hambre?


No respondió…

pero lo supe.


—Sígueme —le dije—.


Y me siguió.


Dos cuadras largas después,

llegamos a casa.


Dudó en entrar.


Pero al ver comida y agua,

entró temblando.


Comió. Bebió.


Y luego… tuvo miedo.


Se fue al fondo del patio,

pegada a la pared,

como esperando un castigo.


La acaricié.

Le hablé.

Le prometí que todo estaría bien.


La llamé Muñeca.


La llevé al veterinario.

La curé.

Aprendí a inyectar por ella.


Se recuperó.


Se volvió mi sombra.

Me seguía a todos lados,

sin correa, sin obligación…

solo por amor.


Un día supe que “tenía dueños”:

los de la gasolinera.


La regresé.


Pero esa noche no dormí.


Volví al día siguiente.


Cuando me vio…

corrió,

se levantó en dos patas

y me abrazó.


No quería comida.

Me quería a mí.


Me dijeron que la querían,

pero no les creí.


Volví otra vez.


Y entonces me dijeron la verdad:

nadie la cuidaba,

nadie se hacía responsable.


—Si la quieres… llévatela —me dijeron.


Me fui…

pero ella no se quedó.


Se soltó,

corrió hacia mí,

y me siguió.


Y ya no se volvió a ir.


Desde entonces vivimos juntas.